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miércoles, 15 de mayo de 2013

Las finanzas modernas en el contexto de la crisis


Cómo la tecnología financiera transforma las instituciones de nuestra sociedad.


Hace algo más de un año que abrí este blog impulsado por la necesidad íntima de comprender esta crisis desde un enfoque que fuese más allá de alcances sesgados, reduccionistas y contaminados que nos ofrecen los medios.  Dinámica Moderna de la Globalización es un intento de dar respuesta –expresándome pero fundamentalmente aprendiendo del conocimiento y enfoque de otros–  a tres cuestiones fundamentales sobre esta crisis: ¿dónde estamos?, ¿cómo hemos llegado a esta situación? y ¿hacia dónde vamos?.

A estas alturas de la película tengo claro que los asuntos económicos y financieros son demasiado importantes como para legarlos al cuidado de economistas y profesionales de las finanzas, más aún, estoy convencido que entre las principales causas de esta situación se encuentra nuestra generalmente escasa educación en la materia. Por consiguiente, cuanto más educados en finanzas estemos todos (abogados, periodistas, políticos, banqueros, etc.), mejor sociedad tendremos.

En este artículo trataré de desmitificar el pensamiento económico dominante en nuestro tiempo, un pensamiento económico en buena medida desconectado de la realidad, en algunos aspectos incluso esquizoide, que ha propiciado la disociación entre nuestra legítima e irrenunciable aspiración a tener una sociedad próspera, justa e igualitaria y la realidad que hoy contemplamos y padecemos. Este propósito de desmitificación es importante porque, en lugar de adaptar el sistema financiero para que ofrezca el mejor servicio a nuestra sociedad, estamos en un camino opuesto en el que todas las instituciones de nuestra sociedad, ya sean de la esfera social, económica o política, son transformadas para subordinarlas al poder financiero.

Comenzaremos nuestro recorrido crítico exponiendo los supuestos erróneos de los cuatro pilares que constituyen el marco conceptual central de las finanzas modernas, a saber: la Hipótesis de los Mercados Eficientes, el Teorema de Modigliani-Miller, el Modelo de Valoración de Activos Financieros y el modelo de Black-Scholes-Merton para la valoración de productos financieros complejos. 
 

Hipótesis de los mercados eficientes (EMH)

La Hipótesis de los Mercados Eficientes es el elemento fundamental sobre el que se asientan los demás. Básicamente viene a establecer las condiciones bajo las que el precio se equipara con el valor de los activos. Esto es básico pues si los precios no se igualan al valor de las cosas entonces los inversores no reciben productos que valen lo que han pagado por ellos.

Más allá de lo dudoso que resulta la equiparación de precio y valor –las mejores cosas de la vida son gratis–, la Hipótesis de los Mercados Eficientes es relevante porque sustenta los modelos financieros para la estimación de los precios de los productos financieros a través de dos derivaciones fundamentales:



En primer lugar,  si bajo el supuesto de mercado eficiente el valor de un activo queda perfectamente recogido en su precio (es equivalente a éste), entonces un segundo activo financiero que produzca el mismo flujo de caja (el mismo valor económico) para el inversor deberá tener el mismo precio. Como consecuencia resulta un principio para la valoración no sólo de un activo derivado a partir del valor de otro activo, sino de cualquier engendro financiero (como puede ser un activo sintético que no tiene detrás un activo subyacente claramente determinable). Como bajo el supuesto de mercado eficiente los activos se valoran siempre correctamente, se deduce que si el precio de dos activos financieros coincide será porque su valor también coincidirá, lo que posibilita la transferencia de rentas de un tipo de activos a otros.  Esto es lo que explica Emanuel Derman de la siguiente forma: «la ley unificadora de las finanzas es la ley del precio único, que a grandes rasgos dicta que para conocer el valor de un título financiero debemos usar el valor conocido de otro título tan parecido como sea posible».

Este supuesto, a simple vista endeble (y absurdo cuando se aplica indiscriminadamente), ha causado que nuestros gobernantes sean rehenes (consentidos) de los mercados financieros. Cuando  comparamos activos materiales, como casas u otras propiedades, podemos establecer criterios objetivos de comparación.  El problema surge al poner precio a complejos productos financieros que no entendemos, pues no lo hacemos precisamente en bitcoins sino que lo hacemos en Euros u otra moneda de curso legal, de modo que estamos ligando su valor con el valor de los activos tangibles. Como resulta que tenemos una moneda fiduciaria cuya creación es controlada de-facto por los bancos privados en virtud del dinero electrónico que generan en forma de crédito y esas mismas entidades son las que crean los sofisticados productos de inversión, las consecuencias están servidas.

En segundo lugar, en su formulación débil esta hipótesis dice que los precios actuales de los activos financieros, mediante el análisis de la tendencia, reflejan totalmente toda la información contenida en los movimientos “pasados” del precio, luego los precios del mercado eficiente variarán más o menos aleatoriamente, siguiendo estos precios (o mejor dicho, los logaritmos de los precios) un camino aleatorio. Para modelar ese movimiento aleatorio de los precios las finanzas han adoptado el modelo de movimiento geométrico browniano, que implica suponer que los precios fluctúan como los bandazos de un borracho que sale del bar camino a su casa. Esta segunda suposición, además de absurda, es ridícula.
 
 
 
Teorema de Modigliani-Miller (M&M)

El Teorema de Modigliani-Miller representa la irrelevancia de la estructura de capital de las empresas al establecer que, bajo ciertos supuestos (sin impuestos, sin costes de liquidación y suponiendo que los mercados financieros son perfectos), la configuración del financiamiento de una empresa (ya sea mediante capital, deuda o una mezcla de ambas) no afecta a su coste de financiación y no guarda relación con su propio valor de mercado ni con las decisiones de producción o consumo de otros agentes económicos. Entonces, en un mercado de capitales perfecto el valor de una empresa sólo depende de los flujos de caja que se espera genere en el futuro y del coste de oportunidad del capital, pero no de cómo se reparten esos flujos de caja entre accionistas y bonistas.  Por consiguiente, Modigliani-Miller postula que la estructura de capital de una empresa es irrelevante a la hora de invertir en ella. 

Pretender que el riesgo de cualquier activo sea independiente de cómo éste haya sido financiado es la razón por la que los inversores generalizadamente han adoptado prácticas de riesgo sin registrar correctamente el coste que asumían, incentivando a las empresas a financiar sus oportunidades de crecimiento con deuda –los beneficios a corto plazo de ayer se tornan en las pérdidas de hoy– extendiendo a todos los rincones los problemas de solvencia provocados por un elevado apalancamiento financiero, empujados por el afán de lucro de las mismas instituciones financieras que ahora son rescatadas y continuarán siéndolo una y otra vez porque no es posible revivir a los zombies.


Modelo de Valoración de Activos Financieros (CAPM)

El Modelo de Valoración de Activos Financieros (CAPM) explica la relación entre riesgo y beneficio para una inversión, expresando la idea de que el inversor que asume mayor riesgo espera obtener mayor beneficio. Este postulado en su forma pasiva expresa la idea de que para aumentar el beneficio el inversor debe estar dispuesto a aceptar mayor riesgo. En consecuencia los inversores, o bien se marcan un beneficio objetivo y seleccionan sus carteras para minimizar el riesgo, o bien asumen un perfil de riesgo y entonces seleccionan sus carteras para maximizar el beneficio esperado. La importancia del CAPM estriba en que permite a los mercados financieros cuantificar el riesgo de una cartera de inversión, pero plantea tres grandes inconvenientes:

En primer lugar, el CAMP se centra en la media y la varianza de los rendimientos de los componentes de una cartera, siendo ésta última la medida del riesgo. Esto viene de suponer que los precios (o, más exactamente, los logaritmos de los precios) siguen un camino aleatorio equivalente a los vaivenes del borracho que sale del bar camino a su casa, modelado por un proceso geométrico browniano que sigue una función de distribución lognormal caracterizada por una media y una varianza.  Cierto que muchas veces los precios se comportan así, pero es evidente que en algunas ocasiones no lo hacen.

En segundo lugar, en presencia de riesgo la teoría de la utilidad asume que el comportamiento racional del inversor es contrario al riesgo, luego la relación entre riesgo y beneficio se centra en la consideración del concepto prima de riesgo (la diferencia entre el beneficio esperado y un supuesto rendimiento libre de riesgo) que analiza el CAPM. Ese rendimiento libre de riesgo se expresa como un tipo de interés.  El supuesto de considerar que existe una tasa de interés libre de riesgo merece ser revisado cuidadosamente.    

Los inversores necesitan disponer de una base racional de referencia que les permita determinar la utilidad de sus inversiones. Cualquiera que invierte sus ahorros en una cuenta corriente durante un plazo fijado de antemano espera recibir una remuneración por ello.  Después de la crisis de Chipre o del caso doméstico de las preferentes se ha hecho evidente que la probabilidad de que al final del plazo fijado recuperemos el principal con los intereses devengados no es del 100%.

Las finanzas, como cualquier otra disciplina del saber, debe estar de acuerdo con las leyes de la naturaleza. La idea de un tipo de interés libre de riesgo se demuestra inconsistente con la realidad porque las probabilidades nunca pueden ser del 100% y porque el cumplimiento de una predicción probabilística no puede establecerse hasta una vez ocurrido el evento. Dado que todas las acciones, incluida la acción de invertir, comportan un riesgo la tasa de interés libre de riesgo debería estar vinculada a la inacción, es decir, a la decisión de no invertir, lo que conduciría a considerar en los modelos financieros (no sólo en el CAPM) una tasa de interés libre de riesgo igual a cero, que podría llegar a ser incluso negativa si tomamos en consideración el efecto de la inflación –de hecho, esto está sucediendo a nivel global atendiendo al rendimiento de los bonos indexados a la inflación, como se puede comprobar en el siguiente link: http://www.bloomberg.com/video/is-this-the-new-normal-for-growth-PRfskMvVTpy1cx5CC7tcxg.html –.

Por supuesto, la industria financiera no funciona así y prefiere prometer una rentabilidad segura –como la mano invisible de Adam Smith– de modo que los inversores usan una tasa de rendimiento libre de riesgo que tiene que ser a la fuerza siempre positiva. ¿Cuál es entonces esa inversión de referencia? o, dicho de otro modo, ¿cómo se determina la tasa de interés libre de riesgo?. Puesto que esta tasa de referencia no puede tener carácter particular debe reflejar en la medida de lo posible el crecimiento económico por lo que para estimarla se emplea una aproximación basada en el rendimiento de los activos de la economía considerados más seguros, el interés de las letras del Tesoro ajustados por diversos factores de riesgo. El detalle de la estimación de la tasa libre de riesgo no es relevante, en lo que conviene reparar es en las siguientes cuestiones: ¿cómo es posible que una economía que se contrae pueda ofrecer una referencia general de rendimiento de las inversiones positiva?, o si ¿cabe esperar que el rendimiento de las letras y bonos del Estado, que dependen de los ingresos fiscales, que a su vez dependen de la marcha de la economía, pueda ser positivo en el contexto de crisis actual?.  Esta fantasiosa pretenciosidad se hace patente en el aumento del déficit fiscal y la deuda consecuencia de mantener los puntos de vista optimistas sobre la posibilidad de obtener una rentabilidad segura al margen de la marcha de la economía real.  Esto trae a colación la siguiente cita recogida en el libro de 2002 “El triunfo de los optimistas” donde Dimson y colaboradores dicen que: «existe claramente una probabilidad sustancial de una prima de riesgo negativa (pérdidas en las bolsas) incluso para horizontes de inversión a largo plazo».   

En tercer lugar, el rendimiento de un activo por encima de esa supuesta tasa de interés libre de riesgo es proporcional a su Beta, que es una medida de la elasticidad del rendimiento del activo respecto al rendimiento general del mercado, por lo que el riesgo de un activo vendrá determinado únicamente por el componente sistemático (el riesgo respecto al mercado), lo que conduce a una gestión deficiente del riesgo.


Modelo de Black-Scholes-Merton (BSM)

El cuarto pilar que sostiene el marco conceptual de las finanzas modernas lo constituye el modelo de valoración de opciones de Black-Scholes-Merton (BSM), la piedra filosofal del análisis financiero cuantitativo. 

Una opción se define como un contrato entre un comprador y un vendedor que otorga al comprador el derecho pero no la obligación de comprar o vender determinado activo subyacente (por ejemplo una acción, en el caso de las stock options) en un tiempo determinado a un precio de ejercicio acordado de antemano.  El valor de la opción depende de factores como el precio actual del subyacente, el precio de ejercicio de la opción, la fecha de madurez de la opción, la prima especulativa de la opción (la desviación estimada respecto al precio del subyacente a lo largo de la vida de la opción) y la tasa libre de riesgo.    

El mundo de las finanzas versa sobre expectativas, suposiciones sobre el valor futuro de los activos, y las ciencias sociales, incluida la teoría de juegos, se ocupan del estudio de las expectativas. La expectativa es una variable de naturaleza cognitiva y se diferencia de la esperanza en que la posibilidad de ocurrencia debe ser razonable, pues de otro modo estaríamos hablando de algo irracional o basado en la fe.  Como el riesgo está ligado a la incertidumbre las finanzas están enemistadas con la incertidumbre, de ahí la recurrente aspiración post-moderna de cuantificar las expectativas.  

El precio del subyacente a lo largo de la vida de la opción es una incógnita y por ello, como pensaba Keynes, los mercados financieros son un casino en el que los inversores, guiados por motivos especulativos, tratan de estimar los movimientos de los precios en el corto plazo. El reto es complicado pues la predictibilidad del precio de los activos debe reflejar factores psicológicos, movimientos sociales, negociación con ruido, modas de los inversores irracionales en un mercado especulativo, etc., de modo que cuando nos enfrentamos con la tarea de asignar probabilidades a resultados inciertos, los individuos tendemos a usar heurísticas cognitivas que nos arrastran a sesgos sistemáticos que convierten la tarea especulativa en un ejercicio de pretenciosidad, incluso para los expertos en el análisis fundamental y técnico de los mercados.    

Sin entrar en la sofisticación matemática de la fórmula de BSM, voy a exponer cómo esta importante aplicación de la probabilidad en las finanzas supuso un cambio definitivo en las reglas del juego, el pretendido salto desde lo probable a lo certero.

BSM abrió a la industria financiera la posibilidad de suplir las limitaciones inherentes a la imposibilidad de conocer anticipadamente la probabilidad real de que el precio del activo subyacente alcance determinado valor mediante la aplicación de la martingala estadística que usa el corredor de apuestas (en lenguaje académico, las probabilidades neutrales al riesgo) para establecer los premios de un juego de apuestas que no depende de las probabilidades reales de los resultados sino de la función de probabilidad de todos los resultados según las apuestas efectuadas por los jugadores.  Para ilustrarlo brevemente veamos un ejemplo sobre un partido de fútbol:

Supongamos que un corredor de apuestas acepta pujas sobre un enfrentamiento entre Real Madrid y Barcelona. Por cada 100 Euros de los apostantes, ha recaudado 45 correspondientes a apuestas por la victoria del Real Madrid, 25 correspondientes a apuestas por el empate y 30 correspondientes a apuestas por la victoria del Barcelona (he aquí nuestras probabilidades neutrales al riesgo). El corredor quiere establecer los premios al ganador de cada apuesta pero sin exponerse a la incertidumbre del resultado final. Suponiendo que tampoco se lleva comisión por sus servicios, puede establecer el valor del premio para cada resultado mediante la siguiente fórmula: el total recaudado dividido por la cantidad invertida en un resultado dado, es decir, 1 dividido por el porcentaje de apuestas a favor de un resultado dado. Así se obtienen las siguientes cuotas: 1,81€ por cada euro invertido para el caso de victoria del Madrid; 4 € por cada euro invertido para el caso de empate;  y 3,33 € por cada euro invertido para el caso de la victoria del Barcelona.

El modelado neutral al riesgo en finanzas se basa en la misma lógica, incorporar todas las expectativas de los inversores y bajo esta medida independiente del riesgo (independiente de las probabilidades reales) determinar los distintos precios del activo. Las probabilidades neutras al riesgo de un evento A son el precio de un contrato que paga un euro tras un tiempo T si ocurre A dividido por el precio del contrato que paga 1 euro tras un tiempo T con independencia de si ocurre A o no.  BSM supone que estas densidades de probabilidad independientes del riesgo son lognormales, lo que a su vez viene de suponer que los logaritmos de los precios siguen el proceso geométrico browniano, esto es, el camino aleatorio equivalente a los vaivenes del borracho que sale del bar camino a su casa. A partir de estas densidades de probabilidad independientes del riesgo el modelo BSM computa el valor de la opción a partir del valor actual del exceso del valor del subyacente respecto al precio de ejercicio. 

La apetencia de las finanzas por modelar todo en base a la distribución gaussiana, caracterizada por una media y una varianza, viene del intento de extender y generalizar la compatibilidad en torno a las teorías del equilibrio neutral al riesgo. La servidumbre es que estos modelos sólo funcionan en ocasiones y hay que recalibrarlos continuamente.

Pero la importancia de BSM no se limita a la valoración de derivados.  El propio Merton en su discurso con motivo de la recogida del Premio Nobel de economía de 1997 decía lo siguiente: «la influencia de la teoría de valoración de opciones en la práctica financiera no se ha limitado a la negociación en mercados de opciones financieras o de derivados en general. … La tecnología de valoración de opciones ha jugado un papel fundamental permitiendo la creación de nuevos productos financieros y mercados por todo el mundo. Tanto en el presente como en el inexorable futuro esta función se seguirá expandiendo contribuyendo al diseño de completamente nuevas instituciones financieras, a la toma de decisiones de la alta gestión y a la formulación de la política pública sobre el sistema financiero».  
 

Los pilares gaussianos de la Tierra

Los cuatro pilares de las finanzas fueron desarrollados en momentos distintos pero en conjunto permiten articular un razonamiento general que puede ser expresado como sigue:

Cualquier activo (con independencia de si se trata de una acción o un producto más sofisticado como un derivado o un sintético) es negociable y tiene un precio y una tasa de beneficio determinada por un mercado eficiente.  Ese mercado eficiente implica que no hay oportunidades de arbitraje de modo que los precios corresponden al valor actual de los flujos de caja presentes y futuros que se prevean durante la vida del activo (EMH). Puesto que el riesgo de todo activo es independiente de cómo se financie éste (M&M) existe una tasa de beneficio libre de riesgo y el riesgo viene determinado únicamente por el riesgo sistemático (CAPM). Sin embargo, mediante la incorporación de estrategias de cobertura de riesgos y el modelado de los derivados financieros (BSM) el riesgo sistemático puede reducirse significativamente con lo que el desarrollo de los mercados financieros consigue la codiciada erradicación del riesgo de todo activo financiero, lo que supone la consecución del sueño postmoderno del triunfo sin esfuerzo –la rentabilidad segura al margen de la marcha de la economía real–.  

La verdadera importancia del modelo de BSM estriba en que se atribuye la habilidad de construir carteras libres de riesgo mediante lo que se conoce como cobertura dinámica, esto es, mediante el ajuste de determinada combinación de efectivo, derivado y subyacente se consigue que los cambios en el valor del derivado queden neutralizados por los cambios en el valor del efectivo y el subyacente.  Esta es la idea detrás de la industria de los hedge funds.

Digo que BSM “se atribuye la habilidad” porque el uso de los modelos económicos y financieros en general, y en particular los vistos en este artículo: EMH, M&M, CAPM y BSM, se debe prescribir con cierto escepticismo  porque como hemos visto estos modelos están basados en suposiciones que en ocasiones fallan íntegramente.  Los modelos son una herramienta para expresar someramente cómo es algo, pero no expresan lo que realmente es.  Sin embargo, son ampliamente usados por los departamentos de negociación de carteras de valores ya que permiten extrapolar e interpolar desde el plano de lo observado al plano de lo desconocido, incluido lo que aún no ha sucedido, haciendo a muchos creer que uno puede cubrirse ante riesgos incontrolables, como el riesgo de quiebra.  Extrapolar bajo un razonamiento «ceteris paribus», esto es, suponiendo que sólo cambian nuestras variables permaneciendo todo lo demás constante (por ejemplo, la varianza), lleva al cuestionamiento de los modelos o, cuanto menos, a su continuo recalibrado.     

La ingeniería financiera no es un instrumento para comprender el funcionamiento de los mercados financieros del mundo real, sino una herramienta para transformarlos.  En palabras de Merton: «Esencialmente hay dos marcos de referencia para intentar analizar y comprender los cambios en el sistema financiero. Una perspectiva parte de la estructura institucional existente de los proveedores de servicios financieros… y analiza qué se puede hacer para que esas instituciones presten los servicios financieros de manera más eficiente y rentable.  Una alternativa a esta perspectiva institucional –que es la que yo defiendo– parte de las funciones económicas a las que sirve el sistema financiero para examinar cuál es la mejor estructura institucional para realizar esas funciones».

En su forma pura, la ingeniería financiera sirve para asignar recursos y distribuir riesgos de manera eficiente, pero la realidad es que se ha utilizado para favorecer a unos grupos sociales a expensas de otros, lo que implica una transformación de todas las instituciones de nuestra sociedad, no sólo las financieras, para servir mejor a los fines de los mercados –no es casual que durante estos años la desigualdad se haya extendido por todo el globo–. De eso va toda esta historia de la crisis.  El triunfo del núcleo argumental de la teoría financiera  y su reveladora influencia en el modelado de nuestras instituciones se explica porque ese marco teórico ha logrado con éxito asimilar la economía y las finanzas a disciplinas científicas, en lugar de lo que son: ciencias sociales, haciendo irrelevante toda consideración moral respecto al capitalismo y el laissez-faire, pues bajo esta aproximación científica y tecnológica a las finanzas las cuestiones morales simplemente no tienen cabida. 

Recordemos que históricamente nuestra sociedad ha contemplado con recelo y desconfianza la acumulación de riqueza y las actividades con ánimo de lucro vinculadas al capitalismo y el laissez-faire, situándolas por debajo de otras actividades humanas en la escala de valores.  Sin embargo, el cuerpo político-académico-mediático y su sistema de creencias ha jugado un papel fundamental en el objetivo de legitimar las actividades mercantiles y bancarias, a lo que indudablemente también ha contribuido decisivamente el comité sueco Riksbank con su sempiterno crédito a la moderna teoría gausiana de carteras, sembrando a sus autores de premios Nobel de economía.       

El resultado es el formidable crecimiento de la industria financiera en los últimos 30 años. Si en 1980 los mercados financieros representaban aproximadamente el 1,30 % del PIB mundial, hoy representan del 60 a ni se sabe cuántas veces el PIB mundial (no se puede precisar con certeza el tamaño de los mercados financieros, como veremos en el siguiente apartado). En un periodo en el que la economía real de los países maduros en su desarrollo económico ofrece un rendimiento marginal decreciente –porque cuanto mayor es el nivel de desarrollo mayor es el coste de crecer–, la ingeniería financiera creó productos sintéticos para invitar a la antisocial «corporate class» a proteger sus menguantes beneficios externalizando la producción allende las fronteras, reservando su actividad interior a la gestión financiera de esos beneficios, lo que ha causado, en primer lugar,  la depresión de la economía real en el ámbito interno, en segundo lugar, la escalada de la deuda gubernamental para alimentar unas tasas de rendimiento financiero artificiales (que han servido para que la economía nominal no languidezca bruscamente) y, en tercer lugar, el continuo deslizamiento del poder económico hacia oriente.  Obviamente el problema va más allá del uso o no de modelos cuantitativos.

 
El Uróboros

La figura del uróboros –la serpiente dragón que se devora a sí misma– ilustra la dinámica esquizoide de las finanzas contemporáneas.  Pero este instinto no se queda en la vacua sofisticación que decía Goethe: “el contenido sin método conduce a la fantasía, el método sin contenido conduce a vacua sofisticación”, sino que conduce al sistema a su propia autodestrucción, porque las finanzas, contra lo que muchos aún creen, no son un juego de suma cero. Para ilustrarlo expondremos dos ejemplos de exuberancia irracional autodestructiva: los CDS y los CDO.

Los Credit Default Swaps (CDS) son productos financieros enmarcados en la categoría de derivados. Funcionan como protección ante el impago de un activo subyacente o si el emisor del título incurre en suspensión de pagos. Básicamente la parte compradora del CDS efectúa pagos periódicos y a cambio recibe del vendedor una cantidad de dinero en caso de que se active el CDS.          

Los CDS parecen seguros convencionales pero no lo son.  Los seguros convencionales funcionan de manera que las entidades aseguradoras sólo permiten asegurar un activo al titular del mismo, pero en el caso de los CDS esta limitación no existe. Cabría preguntarse qué sucedería si se permite que alguien que usted ni siquiera conoce asegure contra incendios la vivienda de su propiedad. Yo en su lugar no podría dormir tranquilo.  Pues ese inexplicable disparate se permite con los CDS por lo que son usados ampliamente como instrumento especulativo.  Dicen que su volumen en la economía en términos relativos no es significativo pero como son productos que se negocian en mercados opacos, over-the-counter, directamente en acuerdos entre entidad y entidad, no se puede saber con certeza quién se ha protegido contra determinado activo ni por cuántas veces lo ha hecho.

Los Collateralized Debt Obligations (CDO) son productos financieros enmarcados en la categoría de estructurados.  Se construyen agrupando activos homogéneos ilíquidos (préstamos a pymes, pagarés, préstamos para el consumo, etc.)  y constituyendo un fideicomiso que recoge los flujos de caja que generan los activos agrupados, estructurándolos en tramos de diverso riesgo denominados tranches para emitir bonos respaldados por cada tranche.  Los bonistas cobran en la medida en que los flujos de caja se reciben en el fideicomiso. En caso de impagos los bonos asumen las pérdidas en función de su nivel de riesgo conformando una estructura de capital en cascada (las primeras pérdidas las asume enteramente el equity tranche, luego el mezzanine tranche, a continuación el senior tranche y finalmente el super-senior tranche).

En contra de lo que se piensa, los incentivos perversos (riesgo moral y la selección adversa) no desaparecen por el hecho de mantener en los libros los activos que respaldan los títulos, porque las entidades se cubren del riesgo de impago. Efectivamente, en la crisis subprime las entidades que gestionaban los títulos no vendían los equity tranches (los de mayor riesgo crediticio). Conocían perfectamente su riesgo pero se quedaban con ellos cubriendo el riesgo con la compra de protección que financiaban vendiendo a su vez protección para los tranches superiores. Como el riesgo de los dos tranches no es equivalente, el resultado fue una demanda creciente de flujos de caja para autofinanciar la estrategia, lo que impulsó los estructurados sintéticos.

Los estructurados sintéticos, como los CDO-squared (CDO al cuadrado), son CDOs de CDOs, es decir, el fideicomiso lo constituyen tranches mezzanine de paquetes de CDO, de modo que estos engendros de la tecnología financiera no están respaldados por activos subyacentes convencionales sino por otros CDOs. Pero, ¿por qué pararse aquí?. Hoy existen CDO-cubed y más.

El problema con los estructurados en general es que también se negocian en mercados opacos, over-the-counter, de modo que no se puede conocer con fidelidad el volumen de su mercado, y además no hay restricción en el número de CDOs que se pueden generar a partir de un mismo grupo de activos ilíquidos. Por si fuera poco, a esta problemática se une el hecho de que existen CDO sintéticos que se intuye que en algún recóndito lugar esconden un activo que comparte con otros productos financieros, por lo que se hace muy difícil, cuando no imposible, determinar los riesgos en que incurren los compradores de estos productos.

Esta espiral irracional ha contribuido a tejer una densa madeja de frágiles interrelaciones que han convertido al sistema financiero internacional en un enfermo de gigantismo y endogamia provocando la aparición de un riesgo nunca antes conocido: el riesgo de un colapso global. Sin embargo, las agencias de calificación otorgan la máxima calificación crediticia a estos productos financieros (además de que están financiadas por las mismas entidades que emiten los productos que éstas evalúan) en base otra vez a la moderna teoría gausiana de carteras, la infame cópula gausiana y la falacia de que las distribuciones marginales y la matriz de correlación son suficientes para describir la distribución conjunta de una distribución multivariada.

El resultado de haber permitido que los bancos privados y las instituciones que florecen en torno a éstos (como la Troika) controlen nuestra sociedad es que estamos sumidos en un capitalismo utilitarista dedicado a sustraer riqueza y beneficios de los grupos menos favorecidos para transferirla a los grupos privilegiados. Por eso, en lugar de contribuir a la creación de riqueza material los bancos terminan privando a la gente de sus posesiones –cuando no es por medio de la inflación, lo hacen por medio de la recesión– hasta que un día nos despertamos sin casa ni techo, sobre el país que nuestros padres y abuelos levantaron. Como dijo Thomas Jefferson: «Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate».

Quisiera que este espacio se abriera a vuestra participación, especialmente en aquellos aspectos que consideréis se prestan a la discusión.





jueves, 14 de febrero de 2013

La estupidez humana y la crisis


La situación del mundo en general –y la de España en particular–  es deplorable y no puedo evitar relacionar ese hecho con la estupidez humana.  La estupidez es un elemento esencial para comprender cómo y por qué hemos llegado a esta situación de crisis sistémica global.  

 
La estupidez, que es consustancial al ser humano, es contagiosa y se puede cultivar, imitar, tolerar y hasta admirar. Es por ello que el hombre a lo largo de la historia ha tenido que convivir con ella.  Ya en el Siglo VIII a.C. el profeta Isaías decía: «El buey conoce a su dueño  y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento».  A la luz de nuestra creciente capacidad tecnológica para almacenar y difundir la información cabría esperar que la estupidez se hubiese confinado en un limitado reducto de nuestras modernas sociedades, pero del mismo modo que demasiada luz puede cegar, aunque formalmente hemos pasado del paradigma de la Sociedad de la Información a la Sociedad del Conocimiento, seguimos sin tener entendimiento y a lo sumo somos lo que Fromm denominaba mesodidactas, hombres enseñados a medias a los que les falta alcanzar “la comprensión” sobre el conocimiento adquirido. Por ello al mirar a nuestro alrededor comprobamos cómo la estupidez sigue campando a sus anchas entre nosotros hasta el punto de que parece que en el mundo ya no cabe un tonto más. Esta podría ser una cuestión jocosa  si no fuera porque la estupidez también tiene un lado grotesco que, llevado al extremo de la destructividad, acarrea catastróficas consecuencias que a muchos nos impiden vivir, como sería nuestro deseo, una vida serena y apacible a pesar de haber obrado con honradez, laboriosidad y responsabilidad.  Por eso estamos desorientados y agobiados ante la incertidumbre de vivir en una sociedad que ha generado gravísimos problemas sociales que no sólo no se resuelven sino que se agudizan sin que haya una participación ciudadana real en las decisiones políticas, sumidos en una pestilente corrupción político-corporativa que amenaza nuestro futuro en sociedad.


AI empezar este artículo sobre la estupidez en el contexto de la actual crisis subestimé las dificultades con que tropezaría al tratar de hacer una exposición general de este asunto pero sin caer en excesiva simplificación. Precisamente porque hay  muchos  tipos  de tontos  no puede  hacerse  una  declaración  general  al respecto,   así que debemos referirnos  a  cada tipo de tonto en  términos específicos. Dejando al margen al tipo de tonto simplón o vulgar –cualquiera que crea que la educación resulta cara no comprende el coste oculto de la ignorancia, tanto para el individuo como para la sociedad–,  a grandes rasgos podemos establecer una primera categorización en el contexto de la crisis distinguiendo entre el tonto destructor, el tonto facilitador y el tonto indiferente. 
 

El tonto destructor
 

De las múltiples formas que puede adoptar la estupidez humana, sin duda su máxima y más peligrosa expresión es aquella que conlleva la autodestrucción, cuando guiados por un estrecho interés  particular actuamos ignorando las consecuencias de nuestra acción en su globalidad. 

 
En palabras del Premio Nobel  Nikolaas Tinbergen: “el hombre es la única especie que asesina en masa, el único que no se adapta a su propia sociedad”.  Sin embargo, esto no fue siempre así pues, de hecho, el hombre prehistórico –que vivía de la caza y la recolección– se distinguía por un mínimo de destructividad y un máximo de cooperación y compartición en aras de un bien común: la supervivencia.

Las relaciones sociales de las que participamos, cualquiera que sea el ámbito en el que éstas se desarrollen,  consisten en buena medida en la gestión de las motivaciones y desincentivos de los individuos para cooperar en pos del bien común. Esa cooperación entre individuos no es algo que nos haya sido impuesto, sino que es una necesidad que guarda relación con la propia supervivencia del individuo y la especie humana. Sin embargo, en el proceso evolutivo los humanos aún no hemos adquirido por genética un sentido colectivo del bien común, así que estamos expuestos al peligro de actuar en contra del bien común aferrándonos a esquemas equivocados.

Sobre un mismo individuo actúan diferentes motivaciones, tanto materiales como intangibles. Para contrarrestar el interés particular cuando es contrario al bien común recurrimos a la ética y los valores universales, pero estas herramientas no son suficientes para contrarrestar las pulsiones descontroladas por lo que nos dotamos de regulación para establecer límites y  delegamos en un tercero la autoridad para dirimir responsabilidades.  Sería esta la razón de ser del Estado.

Suponemos que una sociedad basada en el poder abusivo debería ser fácil de identificar pues su carácter destructivo sería reconocible desde lejos, pero aunque estas sociedades existen, son raras. La gran falacia que nos impide reconocer esas sociedades antes de que revelen su verdadero rostro radica en la creencia de que los hombres destructores y malos que perpetran los abusos de poder tienen que parecer demonios y deben carecer de toda cualidad positiva.  El hombre desprovisto de todo atisbo de generosidad y buena intención es una anomalía así que es mucho más frecuente encontrar  psicópatas cotidianos o –para no entrar en  etiquetas  psiquiátricas que oscurecen el problema moral del mal–  individuos con una cara amable, cortes, familiar, amante de los niños y de los animales que incurren en comportamientos psicopáticos. El mismo Hitler según testimonios de algunos que lo trataron de cerca mostraba sentimientos de humanidad, aunque fuesen atisbos muy ocasionales. 

La acumulación de demasiado poder en  las manos equivocadas puede provocar  que  mueran  millones  de  personas, ya sea por las balas o de hambre.  De acuerdo a Fromm “el hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico”.  No hay que olvidar que Hitler no exterminó por sí solo a millones de judíos. De hecho Hitler jamás estuvo presente en un asesinato ni en una ejecución (Röhm sabía lo que decía cuando pidió antes de que lo ejecutaran que viniera el Führer en persona a dispararle).  Hitler no estaba solo pues contaba con miles de hombres que mataban por él y lo hacían no sólo voluntariamente, sino complacientemente.   El individuo mediocre y pobre de espíritu puede encontrar alivio en la destrucción: “mal de todos, consuelo de bobos”, pero el verdadero problema surge cuando es éste quien dicta las normas de la psicología de masas.

 
La pasión megalómana de Hitler por reconstruir edificios y ciudades estaba relacionada con su pasión por destruir en la medida en que sus planes para reconstruir eran una excusa para antes destruir.  Hitler tenía el  talento  necesario para  apelar  a  las grandes  masas y lograr que ideas  que  antes  parecían  "locas" resultasen "cabales": "Tiene  que  impedirse  que  las  personas defectuosas  se  propaguen  y  tengan  una  descendencia  igualmente  defectuosa… Porque si es necesario, los enfermos incurables habrán de ser segregados sin piedad…  medida  bárbara  para  el  desdichado  a  quien  afecta,  pero  muy  benéfica  para  sus congéneres  y para la posteridad." (A. Hitler, 1943). El carácter destructor se justifica porque es necesario para sanar, del mismo modo que un cirujano libre de falsos sentimentalismos cortaría en carne viva para extirpar un tumor.


Pero además de persuadir,  Hitler tenía la malicia  para  organizar las masas encauzando la destructividad humana.    La destructividad y la crueldad a gran escala surgieron con la generación de grandes excedentes resultado del aumento de la productividad y la división del trabajo, lo que fundó la necesidad de constituir grandes Estados con sus jerarquías y élites.  Esas jerarquías y élites disponen de margen para ejercer el poder y cuanto mayor es ese margen tanto más probable será que ejerzan el poder de manera irresponsable y abusiva.  La clave para reconocer las tiranías no estriba en encontrar cuernos diabólicos sino en la acumulación de demasiada riqueza y poder en muy pocas manos. 

Especialmente durante los últimos treinta años nuestra sociedad liberal-demócrata ha generado una desigualdad extrema sin parangón en ningún otro momento de la historia de la humanidad: hoy en día, cuando la población de la Tierra es mayor que nunca, el 1% de la población ha llegado a poseer la misma riqueza que el 90% de menores ingresos.  La consecuencia de ese extremo desequilibrio es que ese 1%, a través de su capital e inversiones, decide y arbitrariamente impone a los Estados la política económica de las naciones con tal suerte que nuestras economías occidentales se han transformado en auténticas plutonomías, es decir, sistemas económicos dominados por los muy ricos donde el libre mercado decide por los ciudadanos. 

En el ADN del liberalismo económico está limitar las funciones del Estado a la provisión de ley y orden –de éstas no se puede prescindir ya que sin ellas el propio sistema no se podría perpetuar–  dejando todo lo demás en manos del libre mercado. El modelo de pensamiento económico liberal escuda la insaciable voracidad del homo-economicus, que siempre busca obtener el mayor beneficio posible, parapetados detrás de una estrecha noción de la libertad que legitima todo.  El liberalismo libertario o libertarismo es la corriente de pensamiento político que asume la defensa racional del capitalismo y del individualismo adoptando la ética objetivista de Ayn Rand.  El libertarismo resulta ideológicamente confuso pues surgió como una facción contracultural y antisistema de la derecha basada en valores antiautoritarios compartidos tanto por la izquierda antimperialista como por la derecha anticomunista. Ese signo antisocial se traduce en que el libertario no considera la dependencia de la sociedad como un hecho positivo, una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales y su existencia económica, lo que moldea un carácter destructivo que se hace patente en alguno de sus postulados: el egoísmo es una virtud y el altruismo es inmoral, el orgullo es una virtud y la humildad es un vicio, el extremismo es bueno frente al culto al término medio, el sacrificio personal siempre es inmoral, no existen los derechos positivos (derecho al trabajo, a la vivienda, a la atención sanitaria...)  y sólo se reconocen los derechos negativos (vida, libertad y propiedad).  A pesar de que el propio movimiento objetivista fue acusado de ser una secta destructiva, este endeble marco moralista les vale a los libertarios para pregonar su cordura justificando su autocomplacencia con la irresponsabilidad social y los comportamientos psicopáticos que imperan en nuestra sociedad globalizada. Sin embargo, el libertarismo no ha visto el peligro de la anarquía económica que trae consigo permitir la acumulación de riqueza y poder sin límites.


Sobre los peligros de la anarquía económica Albert Einstein hizo una exposición magistral: “La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal…  El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos”.  Más adelante nos detendremos en estos dos elementos clave que identifica Einstein: organización del proceso de concentración del capital privado en pocas manos e influencia sobre las masas para la validación del sistema.

Los tiranos de hoy en día son los mercados y se diferencian de los de antaño en que éstos no tienen un rostro visible, tan sólo sabemos que representan los intereses particulares de bancos, fondos de inversión, compañías de seguros, empresas, gobiernos, organismos oficiales, fondos patrimoniales soberanos, planes de pensiones, fundaciones y hasta organizaciones benéficas. Los mercados incluso tienen participación en las principales agencias de calificación crediticia como Moody's y McGraw Hill (Standard & Poors). Los mercados no revelan su rostro y acumulan demasiado poder, tanto que una única gestora –BlackRock, la considerada mayor empresa de gestión de activos del mundo– por si sóla controla activos por un valor equivalente al PIB anual de la cuarta economía del mundo (3,36 billones de dólares).


Esta situación de anarquía económica entraña un riesgo de colapso a escala global que amenaza la economía mundial. Permítanme un dato: en los últimos 12 años los inversores en la bolsa estadounidense han perdido más de 2 billones de dólares (billones contabilizados a la española, de 12 ceros, 2.000.000.000.000 $) frente a la rentabilidad ofrecida en ese mismo periodo por los bonos del tesoro.  La globalización se esperaba que contribuyese a reducir la volatilidad  –la incertidumbre sobre el beneficio esperado– pero en cambio ha extendido frágiles interrelaciones que han dado lugar a la aparición de un riesgo de colapso a escala global.  Esta situación se ha venido fraguando a fuego lento por la inoculación de viejas ideas reformuladas bajo halo de postmodernidad, ideas que son tan viejas como la historia de los tiranos que buscan confundir determinados intereses particulares con el bien común.  Una de esas antiguas ideas es la creencia de que la pasión por destruir es una pasión creadora. 

En economía se utiliza el oxímoron “destrucción creativa” para referirse al proceso de innovación que tiene lugar en una economía de mercado por el que, de acuerdo a Schumpeter, los emprendedores innovadores facilitan un crecimiento económico sostenido a largo plazo destruyendo el valor de compañías bien establecidas.   La destrucción entonces es necesaria como mal menor para generar un crecimiento económico sostenido a largo plazo, que sería el bien último a preservar. Y sobre esta simple idea gira la dinámica que rige la economía globalizada mundial, que constituye una de las causas fundamentales de esta crisis.    

El tonto destructor no es tonto por el hecho de destruir, sino porque al destruir atenta contra sí mismo.  La globalización ha dado lugar a dos modelos de capitalismo que se disputan la hegemonía con desigual suerte: por un lado, el modelo libertario norteamericano que representa la fórmula de mercado máximo y Estado mínimo; por otro lado, el modelo chino caracterizado por un mercado planificado por el Estado. La pugna por la híper-competitividad aboca a las sociedades desarrolladas a la destrucción del empleo y el consumo popular debido a la deslocalización de la producción, la flexibilización del trabajo y el paso de un modelo de economía productiva a un modelo de economía puramente financiera.  Estos factores deprimen el consumo interno, del que depende la mayor parte del tejido productivo de las sociedades desarrolladas.

Resulta paradójico que haya sido el propio desarrollo del modelo económico liberal el que ha desplazado el centro de poder económico hacia oriente.  Este absurdo lleva a muchos chinos a decir con ironía que si el comunismo salvó a China en 1949, el capitalismo  hizo lo propio en 1979, China salvó al comunismo en 1989 y China salvó al capitalismo en 2009.    

Los dirigentes se afanan en  lograr  que  la  realidad  se adapte  a  sus planes. Hasta cierto punto, si tienen suficiente poder pueden modificar la realidad transitoriamente, lo que les puede llevar a creerse divinidades –como cuando el presidente ejecutivo de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, en una entrevista en 2009 llegó a decir: “hago el trabajo de Dios”–. Pero cuando ya no pueden cambiar la realidad entonces se independizan de ella, falseándola y rechazándola en un proceso de apartamiento de la realidad. Como los tecnócratas sólo trabajan con el cerebro por el camino abandonan a las personas reales, los hechos reales y el conocimiento real.  Por eso la austeridad que se administra en Europa da la espalda al ciudadano común, al que se le recorta el nivel de vida y le suben los impuestos para que  las élites puedan continuar chupando plácidamente del bote.


Siguiendo un razonamiento utilitarista los esclavos son el ideal del trabajador híper-competitivo y el desmantelamiento del Estado de Bienestar que sufrimos estos días en Europa recuerda algo a los planes del Tercer Reich para los polacos: “Había  que  castrarlos  culturalmente;  la enseñanza se limitaría al conocimiento de las señales de tránsito, un poco de alemán y  en  cuanto  a  la  geografía,  al  hecho  de  que  Berlín es  la  capital  de  Alemania;  la aritmética resultaba enteramente superflua. No habría atención médica, los niveles de vida  serían  bajos.  Sólo  serían  buenos para  mano  de  obra  barata  y  esclavos obedientes” (H. Picker, 1965). 
 

El bien común –encarnado por los derechos y bienestar generales– debe imponerse a las fuerzas del interés particular.  Las sociedades sólo avanzan en la medida en que las motivaciones de los individuos y sus conflictos de intereses se armonizan y equilibran. Es lo que Keynes definió como “el problema político de la humanidad”, que consiste en la búsqueda del justo equilibrio de tres objetivos interrelacionados: la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual.  Este dilema estuvo razonablemente resuelto durante el tercer cuarto del siglo XX, periodo en el que el Capitalismo funcionó relativamente bien precisamente porque existía un consenso sobre el papel mediador que debía jugar la sociedad del bienestar en la relación entre mercado y Estado.

 

El tonto facilitador

Con anterioridad señalamos que la organización del proceso de concentración del capital privado en pocas manos y la influencia sobre las masas para conseguir su aquiescencia con el sistema son los principales objetivos para construir y consolidar el modelo de sociedad.

La globalización con sus políticas económicas centradas en la oferta sirven al objetivo de establecer las condiciones que garantizan este ciclo de acumulación transnacional por el que el capital termina en pocas manos. Para perpetuar ese sistema en el que la información y los recursos se quedan en ciertos niveles de ingresos se necesita cubrir la sociedad con un velo de ignorancia que oculte la siempre creciente desigualdad. 

El tonto facilitador es aquel que se presta a cualquiera de estas tareas ya sea desde el ámbito de la gestión pública, desde el terreno mediático o desde la esfera académica.

La ley de Say es un principio económico que indica que no puede haber demanda sin oferta por lo que la oferta crea su propia demanda.  Una de las implicaciones más importantes de este principio es que la prosperidad aumenta si se estimula la producción y no el consumo.   Pero si la producción se orienta exclusivamente al beneficio y no hacia el uso, en un entorno de híper-competencia entre capitalistas se produce una inestabilidad en la utilización del capital y en el propio proceso de acumulación, lo que termina derivando en las crisis.

Las políticas económicas del lado-oferta están orientadas a la maximización del beneficio de los accionistas, lo que es sensato, pero limitan la responsabilidad corporativa a la consecución de ese beneficio considerando por tanto irrelevante la responsabilidad social corporativa sobre trabajadores, consumidores, pequeña empresa y la sociedad en general.  Estas políticas son implementadas por gobiernos de cualquier signo (no importa si el líder tiene bigote, ceja o barba) para favorecer directamente a los patrimonios empresariales de las élites y no necesariamente a las empresas en general, mucho menos al pequeño y mediano negocio. 

De acuerdo a la Australian Taxation Office las “grandes fortunas” o “grandes patrimonios” serían los individuos de muy altos ingresos como aquellos que disponen, directa o indirectamente (controlan de alguna forma), de un patrimonio superior a 30 millones de dólares (Ultra High Income Individuals). La fiscalidad de estas élites está muy relacionada con la tributación de las grandes empresas y de las sociedades holdings y patrimoniales que las controlan, teniendo poco que ver con el IRPF o la tributación de las pequeñas y medianas empresas.

En nuestros días prolifera una categoría de estúpido, el tonto ilustrado, que por tener un alto rango educativo y una retórica académica resulta útil para moldear la opinión pública en favor de los esquemas ideológicos dominantes.  Un ejemplo de tonto ilustrado fue Louis-Sébastien Mercier, cuya elocuencia le permitía defender sin retraimiento una posición y la contraria según dictase la conveniencia. La retórica es una herramienta que hace posible formular cualquier mensaje, lo que le servía a Mercier para defender un teatro nacional dirigido al pueblo común mientras se mostraba contrario a la difusión de la enseñanza a las masas.

El tonto ilustrado es cínico y pillo lo que no lo excluye de pertenecer a una categoría de imbécil. A diferencia del tonto simplón, que duda de todo, el tonto ilustrado se caracteriza por su arrogancia epistemológica, que se revela en su absoluta carencia de toda duda razonable, lo que lo vuelve especialmente  inútil en situaciones de incertidumbre y caos.  El tonto ilustrado es capaz de repetir como un perico la lección aprendida y convencer a muchos con su falaz discurso, pero hay una larga distancia entre el conocimiento y la comprensión de los hechos. 

Los mercier de nuestros días  ponen mucho afán racionalizador en justificar que se deba privilegiar a las élites en nombre del interés general.  Por ejemplo:

-        Se sabe que las reformas laborales persiguen preservar el beneficio de las empresas a través del abaratamiento del despido, por lo que estas reformas espolean el desempleo,  pero siempre se presentan como reformas favorecedoras del empleo;

-        Se sabe que la amnistía fiscal favorece los intereses particulares de los grandes defraudadores, que por lógica son los que acumulan grandes patrimonios, pero se presentan a la sociedad como un mal menor para que al ciudadano común sólo le suban el IVA del 18 al 21%;

-        Se sabe que el IRPF no es un buen indicador para medir la capacidad contributiva de los ciudadanos, pero se reducen los tramos de ingresos para simplificar el tratamiento fiscal de todos los ciudadanos.   

-        Se sabe que existen diversos tipos de sociedades que se someten a tipos de tributación mínimos (SICAVs, Sociedades de Fondos y Capital Riesgo al 1%),  cuando no están directamente exentas (Entidades de Tenencia de Valores Extranjeros), pero la tributación de las pequeñas y medianas empresas es homologable a la de las rentas del trabajo –aproximadamente de un 30% en sede de sociedades y de un 18% adicional cuando los beneficios se distribuyen–.

Verdaderamente creo que la mejor prueba para saber si alguien es  tonto de solemnidad es preguntarle si estas argucias tienen sentido para él. 

Volviendo a la ley de Say, uno de los escenarios en los que este principio funciona bastante bien es en el ámbito de la corrupción: para que exista corrupción no sólo es imprescindible que exista un corruptor, sino que la oferta del corruptor por si sóla es capaz de generar corruptos.  De ahí que las políticas anti-corrupción que se limitan a reprimir al corrupto ignorando que también hay corruptores estén destinadas al fracaso.  La corrupción es una red de circunstancias e intereses trenzada en beneficio de esas élites facilitada por la podredumbre de espíritu y futilidad moral de nuestros líderes de hoy.

Puesto que ciertas áreas de actividad pública representan una oportunidad de negocio para ciertos intereses privados, el liberalismo idea imaginativas formas de colaboración o permeabilización entre lo público y lo privado.

La corrupción de guante blanco normalmente adopta fórmulas legalizadas. Por ejemplo, los políticos promueven privatizaciones de empresas o servicios públicos con la promesa de una mayor competitividad y/o una gestión más eficiente de los recursos públicos, pero rara vez esas privatizaciones mejoran o abaratan los servicios públicos –salvo que el político de turno enmascare ese déficit  en la forma de subvención con fondos públicos–. Las privatizaciones se enmarcan dentro de las políticas de la economía del lado-oferta pues persiguen dos logros: por un lado los gestores privados, como cabe esperar, centran su gestión en el logro del beneficio para los accionistas y, por otro lado, las empresas privatizadas se convierten en destino dorado de los mismos políticos que promovieron esas (u otras) privatizaciones. Se podría pensar ingenuamente que estas empresas no tratan de recompensar favores prestados sino que incorporan talento, pero esta tesis no se sostiene cuando vemos el grado de incompetencia  y nulidad de estos talentos capaces de arruinar incluso empresas que ejercen el monopolio. Un caso paradigmático es la privatización de la banca pública española y las retribuciones millonarias a consejeros ajenos a la materia que reconocen votaban unas cuentas que siquiera habían leído.

La corrupción de guante blanco en otras ocasiones consiste en desarrollar marcos legislativos a la medida de intereses privados concretos, lo que genera un ambiente propicio para atraer la inversión sin que preocupe la procedencia de esos fondos (Eurovegas).

Pero posiblemente el mayor error cometido por la corrupción de guante blanco vino del afán por allanar el camino a la acumulación, cuando eliminaron los límites y controles al endeudamiento de los bancos y las grandes corporaciones, lo que explica por qué precisamente la época en la que se han generado más desigualdades haya coincidido con las más graves dificultades de financiación de los Estados. Los políticos hoy se debaten entre los partidarios de una huida hacia adelante basada en el crecimiento ficticio a través de la creación de nuevo dinero que inyectar en la economía en estado de metástasis, o bien los partidarios de sacar dinero del erario público  para entrar directamente en el capital de sociedades insolventes, para avalar con deuda sénior del Estado las emisiones de deuda de sociedades sobre-apalancadas o para adquirir bonos que se convertirán en acciones cuando la situación de insolvencia obligue a ello.

 
Pero estabilizar las variables macroeconómicas inflación y déficit fiscal a costa de los ciudadanos en general, y de los contribuyentes en particular, implica castigar el crecimiento económico.   El gasto público, en particular la inversión pública productiva, tiene un efecto multiplicador sobre la renta nacional por lo que su reducción impacta negativamente en el crecimiento económico. Por otro lado, se supone que el retiro del Estado fomenta la inversión privada,  pero la fuerte reducción de la inversión privada hoy en Alemania, la misma que se erige como paradigma de la austeridad, pone de manifiesto que esto tampoco es siempre cierto.  Sin embargo, a pesar de estas evidencias el modelo económico liberal insiste en promover recortes en las prestaciones de servicios públicos esenciales para el ciudadano como la cobertura sanitaria, la educación, las pensiones o el desempleo, porque estas áreas de la actividad económica no interesan a la iniciativa privada, a razón de su reducida rentabilidad o porque se requieren grandes inversiones solo recuperables en el largo plazo. Pero como quiera que el gasto público subsidia el consumo popular, su reducción provoca el desplome de los ingresos fiscales y el desequilibrio de las cuentas públicas, lo que provoca la retroalimentación del ciclo perverso en el que se encuentra sumida Europa.

 
La persistencia de la corrupción de guante blanco no se entendería si no se infiltrase aguas abajo por las arterias del propio sistema de financiación de los partidos políticos, que logran así una cohesión sólida y “sobre-cogedora” entre sus filas.  

Los tontos facilitadores durante mucho tiempo se han creído impunes. Sin embargo, hoy se muestran confusos. Nos dicen que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades», que «no hay más remedio», que «es por nuestro bien», tratando de diluir las responsabilidades y conseguir nuestro consentimiento mientras se capea el temporal, pero de igual modo que es un error de necios pensar que del hoyo se sale cavando, es un error fundamental pretender que el desarrollo económico pueda ser independiente del desarrollo humano.

Los auténticos piratas de nuestro tiempo no son, como nos intentan hacer creer los medios de comunicación de masas,  los jóvenes que descargan de Internet contenidos protegidos por derechos de autor, sino aquellos que esquilman, permiten o amparan la expoliación de lo público.  La impunidad se les termina.


El tonto indiferente
 

 
Nuestro modelo de desarrollo socioeconómico se funda sobre absurdas suposiciones como que el desarrollo económico pueda ser independiente del desarrollo humano –la híper-competencia conduce a un desperdicio de capital humano, parados y trabajadores mal pagados que no proporcionan un mercado rentable–  o que el crecimiento exponencial se pueda mantener sine die –incluso los primeros economistas como Adam Smith sabían que la disponibilidad de los recursos viene limitada por leyes físicas por lo que un crecimiento porcentual constante no puede sostenerse indefinidamente–. Mientras la ciencia busca comprender el mundo, el objetivo de la economía parece ser que la mayoría no la comprenda, de ahí que los tontos facilitadores del ámbito académico encuentren incentivos para desarrollar la complejidad y el enrevesamiento partiendo de premisas que contradicen la realidad.

 
La ignorancia es una característica común de toda sociedad basada en el poder abusivo pues éstas se sostienen sólo mientras el juicio del vulgo permanezca nublado. Por este motivo una sociedad basada en el poder abusivo tiende a debilitar la independencia, la integridad y la facultad crítica de sus miembros inundándolos de estímulos especialmente indicados para restringir el desarrollo de la personalidad, lo que estimula la pasividad, la pereza, la mediocridad y, por consiguiente, el conformismo de los miembros sometidos. De ahí que la actitud de la mayoría ante los problemas de la sociedad sea de indiferencia.  

La manipulación psicológica de la población mediante técnicas que apelan al subconsciente posibilita que las personas se hagan receptivas a la estimulación artificial de la demanda –haciendo buena la ley de Say– ya sea mediante la publicidad o mediante la manipulación político-mediática.  Para que la sociedad de consumo funcione bien necesita unos individuos que cooperen dócilmente y siempre deseen consumir, con gustos estandarizados para que puedan ser fácilmente influidos y anticipados. Estos hombres se conducen sin líderes, sin fuerza y sin ninguna meta.  Si se puede engañar a muchos durante mucho tiempo es porque a los engañados no les importa que los engañen.

Algunos individuos son complacientes con el sistema porque viven bastante bien, al menos de momento, así que pueden permitirse el “optimismo” aunque la crisis amenace el futuro de sus nietos. Cualquier exigencia interna es excusada porque todo funciona debidamente y no es necesario hacer nada.


Otros individuos son pesimistas pero tampoco se comprometen  porque viven no menos cómodamente que los optimistas. Su pesimismo funciona como mecanismo de protección ante toda exigencia interior de hacer algo y se justifican convenciéndose de que nada se puede hacer.  


Unos y otros no son muy diferentes a la luz de su actitud y compromiso con el destino de nuestra sociedad contemporánea, pues eluden buscar  toda  posibilidad  de  acción dentro del campo de las opciones reales.


Una de las trampas del consumismo es la aparente  libertad  de  escoger  entre   muchos  artículos  que  se  hacen  pasar  por  diferentes. Esto funciona también en el campo ideológico porque la amputación de la conciencia social de los individuos hace que a efectos prácticos la política quede reducida a cambiar el collar del mismo perro y éste es el principal peligro de que el dominio del capital se imponga a los principios democráticos que amparan y legitiman nuestra sociedad.

Si la democracia  se reduce a votar cada 4 años ésta pierde su legitimidad convirtiéndose en un mero concepto retórico carente de todo sentido práctico.  La sabiduría nos ha enseñado que la libertad que proviene del libre albedrío o de las malas pasiones no es libertad, pues nos esclaviza y empaña nuestro entendimiento; ¿acaso las piedras que ruedan cuesta abajo son libres?, ¿acaso es libre el alcohólico por elegir la marca del whisky que bebe?. La verdadera libertad reside en la razón pues es la razón la que nos libera y nos aleja de las pulsiones egoístas. Precisamente para preservarla, la libertad no debe ser apartada del bien común, pues de otro modo corremos el peligro de terminar cediéndola a cambio de seguridad y orden.

Por eso no hay posición segura entre optimistas y pesimistas. La virtud no está en la tiranía del término medio sino en el logro de un equilibrio armonioso entre eficiencia económica, justicia social y libertad individual.   Para ello tenemos que promover cambios profundos en nuestra estructura económica, social y  política que corrijan la vigente anarquía económica poniendo límites a la acumulación insensata de riqueza, poder y deuda. Así mismo, también es necesario que cambiemos nuestros valores, nuestro concepto de las metas del hombre y nuestra conducta personal a fin de que superemos lo que Thorstein Veblen llamó "la fase depredadora" del desarrollo humano. Hay que ser radical en el empeño de evitar la catástrofe final, liberándonos de las cadenas del consumismo, despertando del autoengaño colectivo fomentado a base de maléficas dosis de telebasura que transforman en virtud la aspiración postmoderna del “triunfo sin esfuerzo”, respondiendo con desobediencia civil contra esta democracia de los bancos y las corporaciones en la que los ciudadanos no tenemos una participación real en las decisiones que nos incumben.  Como dijo Louis D. Brandeis: “podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en muy pocas manos, pero no las dos cosas a la vez”.